Una casa de verdad
Ianire Doistua
1
Nadie quiere morir. Ni siquiera los suicidas. Si así fuera, sus cartas de despedida no serían tan tristes. En caso de que las escriban, porque a veces el suicida opta por un simple gesto. Otras, más bien, por una ausencia de gesto. Un teléfono sin descolgar, un cepillo de dientes seco, un blíster con una pastilla de más, un plato por recoger, una mejilla sin beso de hasta luego. Su padre ha sido uno de estos.
Ernest sabe que jamás encontrará nada, pero prefiere fingir que busca con su madre, acompañarla hasta que ella misma se dé cuenta de lo equivocada que está y deje de repetir que tiene que estar por aquí, tiene que haber algo, una nota, una palabra, un dibujo. Prefiere meter la mano en cada bolsillo de cada abrigo y pantalón, destapar el olor a betún viejo de las cajas de zapatos, arañarse las manos con los rosales e irritárselas con las azaleas, que no deberían dar señales de vida hasta sentir el frío en sus raíces y que, en cambio, ahí están, desafiando con sus flores a este invierno que no termina de llegar. Repasa las frases subrayadas de los libros, los márgenes de los periódicos, las revistas, el calendario que no ha cumplido el mes, la publicidad del buzón y los crucigramas siempre incompletos que su madre con tanto esmero empieza. Está convencido de que no encontrará ninguna carta, nota o palabra, pero confía en que el ritual agonice por sí solo y sigue haciendo como que busca algo, con tal de no dejarla sola ahora que por fin lo necesita.
—¿Qué haces?, no tires eso, ¿has mirado bien?
—Sí, mamá, página por página.
—Espera, déjame a mí.
Lo habitual es que se perciba el vacío como un dolor, que se ponga el acento en la falta. Sin embargo, rara vez se habla del espacio ganado, del hueco que hace posible rescatar sueños que ahora, inesperadamente, sí tienen cabida. Más que por respeto al muerto, por miedo a enfrentarse a la falta de dolor, a la culpa que conlleva reconocer cuanto ofrece esa muerte. La culpa que hace aborrecer la comida cuando se tiene hambre y que a Ernest le impide imaginar cómo será su vida más allá de las dos o tres noches que aún dormirá en casa de su madre. Casa de su madre. Aunque sea la primera vez que la llama así, le suena como si siempre lo hubiera hecho. Dos o tres noches y regresará con Elise e Ian, su verdadera familia, la que él ha formado y elegido. Volverá a su casa sin el peso de su padre. Sin papá, se dice, y qué ligero se siente. Pero todavía tiene que esperar un par de noches, puede que tres.
Las que su madre necesite. Después de una vida preguntándose cómo sería este mundo sin él, por fin lo va a saber. Dos noches más no son nada. Elise lo comprenderá. Ella también se siente más ligera. Se lo nota cuando hablan por teléfono. Desde la primera noche del tanatorio, hace ya una semana, no ha parado de recordarle que puede contar con su apoyo, que no se preocupe, que se quede en casa de su madre el tiempo que sea, que ella se encarga de Ian. Y no se preocupa, claro que no. Pero tampoco llora. Ojalá tuviera ganas de hacerlo, como cualquier hijo al que se le muere el padre. No es que esté ilusionado, no es tan insensible, pero sí se esfuerza por imaginar la vida sin su padre más allá de las próximas dos, o puede que tres, noches. El hueco que ha dejado ahora lo podrá llenar con más Elise y más Ian, aunque todavía no ve cómo. Y no te preocupes por Ian, está bien, le dice Elise. Qué manía con que no se preocupe, le gustaría responderle. Por supuesto que Ian está bien. Tiene cuatro años. Está acostumbrado a aceptar sin comprender. Es capaz de normalizar cualquier cosa: un divorcio, una guerra, que el agua salga del grifo, que las estrellas no se caigan e, incluso, que su abuelo se tire desde
el tejado sin dejar una nota. Ni siquiera una palabra.
Se pregunta por los límites de la búsqueda, en qué momento se extinguirá la persistencia de su madre, cuándo llegará el golpe final a esos papeles, folletos, revistas y crucigramas. En una hora se celebra la misa de recuerdo; entonces, no quedará más remedio que dejar de fingir que busca para empezar a fingir que ha perdido. Queda solo una hora y su madre, en lugar de estar arreglándose, está en el rellano, abstraída en la puerta de la entrada. La abre. La cierra y la abre. La cierra y sentencia: «No me besó». Él nunca los vio abrazarse si no era para una foto. De hecho, juraría que las únicas veces que se besaron en público fueron para celebrar el año nuevo y, seguramente, por la inercia con la que se besa esa noche, como si se pidiera un deseo, como quien besa para borrar otro beso, uno en el que sí se cerraron los ojos.
—Nunca os besabais.
—¿Qué sabrás tú? Antes de irme, siempre lo hacía.
Imagina a su padre en el umbral de la puerta dando un beso al aire día tras día. Eso no es besarse, piensa, y echa una cucharada de descafeinado en una taza de leche fría.
—¿Por qué no me besó?
Es inútil tratar de convencerla de que nunca la besaba:
—No le des más vueltas, mamá. Estaba enfermo, eso es todo. Preparemos los aperitivos.
—Yo no necesito misas para recordar que hace una semana estaba vivo.
—Fuiste tú quien la quiso.
—¿Y por qué me haces caso? Sabes de sobra que no creo en estas cosas.
—Es tarde. Tenemos que irnos.
—Ve tú por los dos. No me encuentro bien. Además, luego vendrán todos a casa, yo os espero aquí. Seguro que lo entienden: soy la viuda.
Que se quede, qué más da, tiene razón: a las viudas se les perdona todo, más aún a las viudas de los suicidas. Dará la cara por ella en la iglesia, como buen primogénito. En el fondo, entiende su desconcierto. Es difícil aceptar que no le haya dejado nada, ni siquiera un pensamiento, que se tenga
que conformar con un beso al aire menos. Comprende que necesite tiempo para asimilarlo. Él lleva casi cuarenta años tratando de hacerlo. Por lo menos, con su madre ha esperado hasta el último momento para avisarla de sus intenciones y lo ha hecho de una forma tan sutil, que ella no las ha descubierto hasta una semana después de cerrar el ataúd. Con él, en cambio, su padre no se molestó en velar nada y supo al momento que su abrazo sin respuesta y su mirada ciega eran solo vacío anunciando más vacío.
Entonces, tenía siete años, vivían en Alemania y su abuela materna había acudido para echarles una mano. Se apeó en el andén de Worms con dos cazuelas, tres sartenes y ni una palabra de alemán. Mientras su padre decía buscar trabajo y su madre hacía turnos en la fábrica de yogures, la abuela se encargaba de él, de su hermano Horacio, de la casa y de mantener la boca cerrada si alguien le bramaba en extranjero. Cuando bajaba las escaleras de la casa, estas crujían como si las fuera a atravesar a cada paso. Cuántas veces se tiró al suelo con su hermano al grito de «¡Terremoto!». Antes de que el último escalón retumbara, huían corriendo de sus pescozones, pero aquel día la abuela los alcanzó y los golpeó por todas las veces que no lo había logrado.
Entró en la habitación de su padre con un trozo de diente en la mano. En esta ocasión llevaba más de una semana sin levantarse de la cama excepto para ir al baño. Era lógico que su padre estuviera tan cansado, pues cuando no estaba en la cama, no paraba quieto, siempre con proyectos en mente, vecinos que ayudar y negocios por emprender. Derrochaba tanta energía en los días que estaba en pie, decía su madre, que había que compensarlo con rachas de descanso; por eso es tan importante no molestarlo, dejarlo dormir. Pero un diente era una razón mayor y bien merecía arriesgarse a una bronca. Se acercó a la cama en silencio. Su padre parecía estar durmiendo bocarriba con los ojos abiertos y, por un instante, dudó si despertarlo del todo. Parecía un gigante derrotado por una piedra inesperada. Papá, lo llamó en voz baja, papá. Sin cambiar de expresión, su padre movió la cabeza despacio, muy despacio, como si fuera de plomo. Tenía las mismas ojeras que siempre, las mismas bolsas oscuras, pero le había empezado a salir, como a mordiscos, una barba medio negra, medio cana. ¿Me lo arreglas, papá? Su padre se quedó mirando, absorto, el hueco de su dentadura y bajó la mirada hasta la palma de la mano con que le ofrecía el diente. ¿Me lo arreglas? Debe de estar agotado, se dijo al ver que no respondía. Por fin, tras un silencio que parecía presagiar un castigo apocalíptico, su padre levantó el diente con dos dedos, como si nunca hubiera visto uno fuera de la boca. «Un colmillo. Nada arregla eso, hijo. Nada excepto otro colmillo», dijo sin fuerzas y, bajando aún más el volumen, matizó: «Pero ya no será el mismo». Y lo dejó caer como si llevara mucho tiempo sujetando una carga pesada. Él se tiró de inmediato al suelo para buscarlo, pero en esos listones de madera vieja había demasiadas hendiduras el diente podría estar encajado en cualquiera de ellas. ¡Deja a tu padre en paz!, su abuela acababa de entrar con Horacio tras ella y, por primera y única vez en su vida, les dio una moneda: «Anda, bajad al pueblo a ver una película de esas de domingo y dejadme tranquila un rato». La abuela desapareció por la puerta del sótano con dos cubos de agua y un cepillo bajo el sobaco. Tan pronto la perdieron de vista, dejaron de hacerse preguntas y se encaminaron hacia la sala de cine, en la otra punta de Worms.
Mientras caminaban junto al cementerio judío con la imponente catedral de fondo, las lápidas le recordaron a Ernest a un campo de dientes donde los de leche empiezan a moverse y los nuevos nacen torcidos por falta de espacio. Entonces no lo sospechaba, pero desde aquel día estas dos imágenes, cementerios y dientes, siempre irían de la mano. Horacio no calló en todo el camino y no era para menos, pues el lunes él también podría presumir de haber ido al cine y contar historias sobre tiroteos a caballo, naves espaciales o superhombres que vuelan. Sin embargo, cuando vieron la furgoneta de helados bajo la rojiza sombra de la catedral, Horacio no tardó en convencerlo de reemplazar el cine por unos helados de cucurucho. Se guardaron el cambio para comerse otro antes de que terminara el verano, algo que podría ocurrir a cualquier hora de cualquier mañana, y regresaron a casa. Caminaron despacio, saboreando el frío de cada lengüetazo, limón, chocolate, limón y chocolate, limón con galleta crujiente, chocolate con galleta blanda, limón, chocolate, limón y chocolate. Para cuando hubieron llegado a la puerta de casa, solo les quedaba la punta del barquillo. No llegaron a comérsela.
Al empujar la puerta, delante de ellos, se balanceaba el cuerpo de su padre. En pijama de cuadros. Azul. La parte de arriba abierta. Una camiseta interior de tirantes de algodón blanca y sudada. La cara roja. Roja, blanca y azul. Los puntos negros de la barba. Los ojos abiertos. Las manos abiertas. La boca abierta. La saliva. ¡Abuela!, ¡abuela! El sótano apestaba a denso amoníaco. A humedad. ¡Abuela! ¡Corre! No me empujes, quieto ahí, ¿qué pasa? Es papá. La abuela soltó el cepillo con el que estaba fregando el suelo. Subió a grandes zancadas y se abalanzó sobre su padre cada vez menos blanco y rojo y más azul. La habían visto levantar cochinos más grandes, pero daba la sensación de que en cualquier momento no iba aguantar más y lo dejaría caer. ¿Qué hacéis ahí como pasmarotes? Rápido, soltad la cuerda. Horacio se echó a llorar. ¡Venga!, ¿a qué esperáis? Él subió las escaleras que llevaban al primer piso como si lo empujaran a golpes; una vez arriba, se encontró con que era incapaz de desatar el nudo de la cuerda. De hecho, tenía la impresión de que cuanto más trataba de aflojarlo, más se amarraba el esparto al barrote de la barandilla. Por mucho que se raspara las manos de tanto tirar, jamás conseguiría soltarlo con el contrapeso de su padre colgando del otro extremo. ¡No puedo! ¡No puedo!, gritó. ¡Ve a por las tijeras de podar! ¡Rápido! Corrió hacia el armario de herramientas que había en el jardín trasero. ¡Venga, date prisa! No estaban ahí. ¡Mira en la cocina! Volvió con aquella podadora que tantas veces había visto en manos de su abuela y su madre para descuartizar gallinas cuando el hacha no estaba afilada. Por suerte, ¡Corre!, también cogió un serrucho, porque con la podadera, ¡Venga!, tan solo pudo cortar las hebras exteriores. Serró y serró, ¡Rápido!, hasta que la cuerda se convirtió en dos y la abuela pudo dejar el cuerpo de su padre sobre el desgastado suelo de madera. […]